Cuarta Semana – Déjate Ser Guiado Por Ella
Día 28 – Acción y Reacción
El amor baja siempre desde el Cielo a la tierra el mismo modo: se origina del Padre y es dado a través del Hijo y el Espíritu Santo a las criaturas. Cualquier respuesta a ese amor siempre vuelve a Dios el mismo modo también: desde la creación, a través del Espíritu Santo, a través del Hijo, al Padre. El universo entero está permeado por esta ley Divina de acción y reacción: la acción de amor del Creador y la reacción de la criatura al amor.
Es el Espíritu Santo quien inicia la reacción al amor. Pero Él nunca actúa solo. La unión entre el Espíritu Santo y María Su Esposa es tan perfecta e inexpresablemente cercana que el Espíritu Santo actúa solo a través de Ella y nunca sin Ella. Desde el primer momento de Su existencia, el Dador de la Gracia, el Espíritu Santo, ha establecido Su propia morada en Su alma. Él tomó tan absoluta posesión de ésta que el nombre “Esposa del Espíritu Santo”, aunque verdadero y bello, es aún nada sino una distante, pálida e imperfecta sombra de esta unión.
¿Ves, pues, cómo el primer paso en tu reacción al Amor Divino debe siempre ser tomado con María, sin quien el Espíritu Santo nunca actúa? ¿Puedes ahora ver claramente cómo el Espíritu Santo no iniciará en ti la reacción al Amor Divino sin Ella?
Si buscas ser dócil al Espíritu Santo, sé dócil a Su Inmaculada Esposa. Él guía a las almas en su retorno a Dios solo con Ella y a través de Ella, y enciende en las almas un amor por Ella y confianza en Ella. Su voluntad es la voluntad de Ella, Su acción, Su acción. Tú puedes así pues decir sin escrúpulo y con toda la confianza usar las expresiones siguientes: “Yo quiero hacer la voluntad de la Inmaculada”; “Hágase la voluntad de Ella.” Debes ver Su mano en tu vida diaria y, sobre cualquier cosa que pase, puedes decir, “La Inmaculada ha permitido que estas cosas pasasen,” y tú puedes decir esto porque Ella nunca quiere otra cosa que lo que el Espíritu Santo desea. Su voluntad es en ningún modo diferente de aquella del Espíritu Santo, ni de Su Hijo, ni del Padre. Tú puedes dejarte a ti mismo ser guiado por Ella sin ningún miedo.
De hecho, hablando de Su voluntad sin reserva alguna, das incluso mayor gloria a Dios, porque confiesas que tú no solo amas Su santa voluntad, sino que Lo alabas y Lo glorificas por haber creado una criatura tan perfecta como la Inmaculada; una criatura tan amorosa como Ella es, quien libremente se une a Sí Misma a Dios en todo y quien tan infaliblemente te une a ti a Dios también —y por haberla hecho Su propia Madre y la tuya.
Ríndete a Ella totalmente —déjala guiarte; y sé confiado de que llegarás al mismo Corazón de Dios Él Mismo.