Primeros Cinco Días – A No Ser Que Te Hagas Como Un Niño
Día 2 – Una Perla De Gran Precio
Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
– Mateo 16:17
La atracción que sientes para consagrarte a ti mismo a la Inmaculada es un don puramente sobrenatural, una gracia de lo alto, desde las profundidades del Corazón de Dios Él mismo (sin Él). Era un deseo ardiente que Nuestro Señor llevó en Su Corazón durante Su vida entera, y especialmente durante Su Pasión. Él no consideró Su obra de Redención acabada hasta que encomendó a San Juan el discípulo amado a María y hasta que el discípulo La recibió en su casa. San Juan, por su parte, representaba a la Iglesia entera –y así pues a ti también– la cual Jesús la estaba confiando a Nuestra Señora.
Es una pura gracia la cual no has merecido –la cual no la puede merecer nadie– pero que Dios, igualmente (nevertheless), quiere otorgarte en Su gran bondad (in His great goodness). Es un misterio de amor, una perla preciosa (de gran precio), por la cual vale vender todo. Aunque ni entenderás ni completamente apreciarás su valor hasta que Dios mismo te revele su verdadero valor a ti el último día, cuando todas las cosas se harán conocidas (when all things are made known), debes hacer todo lo que esté en tu poder para poseerla.
La Consagración a Nuestra Señora –¡debes recordar ésto!-- es una gracia, la cual, como toda gracia, no todo el mundo acepta, ni siquiera cuando se le ha ofrecido. Recuerda que, como cualquiera, tú también puedes ser infiel y resistirla. Puedes perderla, y merecer las palabras de lamento que Nuestro Señor pronunció por tantas pobres almas que efectivamente rechazan y pierden esta perla: “¡Jerusalén, Jerusalén! (...) Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina cobija a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste. He aquí que vuestra casa se va a quedar desierta.” (Mt 23:37-38). Oh, si sólo tú entendieses cómo de ardiente es el deseo del Sagrado Corazón de Jesús de verte seguro bajo el manto de Nuestra Señora –como polluelos reunidos bajo las alas de una gallina– y cómo de triste está de que tantas almas rehúsen, y permanezcan desiertas, sin gracia. Ruega a Nuestra Señora que no te permita que pierdas esta gracia preciosísima.