Segunda Semana – Acógela En Tu Casa
Día 19 – Déjala Alimentarte y Nutrirte
Porque la Inmaculada es tu verdadera Madre, Ella debe criarte, educarte, formarte y hacerte como Jesús en todas las cosas. Su misión maternal es gradualmente enseñarte a pensar, sentir, querer, y actuar como Él. Más verdaderamente que San Pablo, Ella puede decir de ti: “Mi pequeño hijito, ¡por quien vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ti!” (Gal 4:19).
Ella te formará hasta la entera estatura de Cristo de un modo particularmente eficaz por la gracia de las gracias, la fuente y cumbre de nuestra Fe, la Santísima Eucaristía, en la cual Jesús Él mismo está verdaderamente presente con Su cuerpo, sangre, alma y divinidad (mayúsculas). Debes dejarte nutrir por tu Madre por medio de la digna y devota recepción de este más santo de los sacramentos.
Sé consciente de que Nuestra Señora quiere estar contigo de un modo especial, cuando recibas el Santísimo Sacramento. En todas las Santas Comuniones que recibas, es correcto decir que hay una santa, dulce y misteriosa presencia de María, inseparablemente y totalmente unida con Jesús en la Hostia. Ésto es así porque el cuerpo y sangre de Jesús, presente bajo las apariencias de pan y vino en la Eucaristía, fueron recibidos por Él enteramente del cuerpo y sangre de María. La Eucaristía es el Pan de la Madre de Dios, nuestra Madre. Toda madre nutre a su hijito con su propia substancia, primero cuando el niño está aún al lado de su corazón por su propia sangre y luego después del nacimiento con su leche. Lo mismo es verdad para María, y por esta razón nosotros podemos decir que la Eucaristía es el Pan hecho por María de la Levadura de Su inmaculada carne y sangre, amasada con su leche virginal. Es Pan con lo que Ella quiere nutrirte. Éso es por lo que la Iglesia, adorando a Nuestro Señor en la Eucaristía, nunca cesa de proclamarlo como el Hijo de María, diciendo Ave Verum Corpus Natum de Maria Virgine –Ave Verdadero Cuerpo, Nacido de la Virgen María (cf. San Juan Pablo II, Angelus, 5 de junio de 1983).
Muéstrate agradecido por este precioso regalo que tu amorosa Madre quiere darte. Asegúrate de no abusar nunca de este Sacramento de la Eucaristía por la Comunión sacrílega en estado de pecado mortal. La Iglesia enseña a los fieles que para ningún crimen hay más pesado castigo que temer de Dios que para el uso impío o irreligioso de la Eucaristía, la cual contiene al Autor y Fuente de la Santidad (El Catecismo del Concilio de Trento).
Nuestra Señora puede nutrir tu alma sólo si está viva. Si está muerta en el pecado, Ella primero quiere conducirte al perdón y a la vida nueva en el sacramento de la confesión, donde encuentras a tu amante y misericordioso Redentor, siempre queriendo perdonarte y restaurarte a Su amistad. ¡Recibe la Comunión sólo pues cuando estés en estado de gracia! Y si perdieses la gracia, asegúrate de recurrir antes a la confesión para ser perdonado y restaurado a ella antes de recibir la Comunión.
Oh, ¡cómo tu Madre desea que crezcas en devoción a la Eucaristía! Incluso si tu alma está ya adornada por la gracia, no descuides prepararte para la Comunión aumentando tu fervor y bienviniendo (welcoming, recibiendo) a Tu Señor con el mayor amor posible. No Lo recibas en un corazón que está vivo, pero indiferente y poco acogedor (frío). Si tú eres fiel en recibir la Comunión digna y devotamente, Nuestra Señora constantemente profundizará tu relación con Jesús en Su Sacramento de amor. Recibe a Jesús en la Santa Comunión como si fuera Nuestra Señora Ella Misma dándote a Él a ti. Recibe la Comunión no por rutina, vanagloria, o cualquier otro motivo humano, sino con una fe atenta, un deseo ardiente de ser curado por su divina medicina y de ser transformado por Nuestra Señora en Él a quien tú recibes.